Los casquivanos
Un blog posmoderno, inconcluso, abierto a sus múltiples posibilidades, con identidades múltiples. Lleno de subjetividades de colores y provocaciones ad hoc. Sin catarsis histéricas, sin respuestas precisas. Un blog perspectivista.
26.1.12
El nudo que anuda
Lo que parecía haberse perdido
Inexplicado para siempre
Identificarse con la derrota
Para elegir qué clase de fracaso
Queremos ser
25.1.12
Se vienen las novedades alejandrinas
23.1.12
27.12.11
26.12.11
Cuál fue?
El viernes, Pergolini empezó su último programa con tres canciones simbólicas: “El final es donde partí”, de La Renga; “Todo un palo”, de los Redondos; y “Antes y después”, de Ciro y los persas. Tres horas más tarde cerró “Cuál es?” emocionado, quebrado, después de un bache de varios segundos de silencio, históricos. Tras la pausa, la negra Vernaci puso otra canción, antes de empezar: “Ya no sé qué hacer conmigo”, de El cuarteto de nos. Cuatro temas lindísimos.
Se terminó “Cuál es?”. De manera inconstante, con épocas de fidelidad absoluta y años de puenteo, empecé a escucharlo en 1994, o 1995. Es mucho tiempo. El viernes, cuando Pergolini dijo chau a todos, quedé en un estado de estupor durante un buen rato, con el plato de comida enfriándose adelante. Tardé un rato, y al final me puse a llorar yo también.
No soy de su fan club, no banco muchas de sus palabras, de sus iniciativas, y hasta hay días en los que creo que estoy del lado de los que opinan que debe ser un garca importante. Pero el tipo me marcó. El programa, me marcó. A los 15 años decidí que quería ser el nuevo Mario Pergolini de los medios de comunicación, y puse muchísimo empeño en tratar de ir por ese camino. En 1997 empecé como columnista en una radio de Mar del Plata, y dos años después, a los 17, estaba grabando el primer piloto de mi primer programa propio, “Salida de Emergencia”, que conduje con un gran amigo, Carlos Borrego, durante un par de años más, y grafiteé en cuando pared libre encontrábamos los viernes a la noche. En el medio pasaron varios programas en los que participé: el “Semáforo en rojo” de Rubén Peloso y las tardes con Gustavo Álvez, en FM Arena, y el “Te traje flores” de Alfredo Di Florio, y nuestros “Circo urbano” y “Sabemos dónde Estás”, en d-rock!, a donde me mantuve fiel, pese a que la Rock & Pop nos quería cambiar de vereda. Hice radio de los 15 a los 21, y después algo cambió, algo se perdió, me aburrí, sentí que ya no tenía nada para decir al aire. Y me fui. Pero creo que algo esencial de todo eso quedó.
Cuando soñaba con revolucionar los medios de comunicación, a los 15, pensaba que la vía para eso era ser la cara visible de un programa. Y sin embargo, lo que a mí me gustaba, lo que más disfrutaba, era escribir. Mis primeros radioteatros (los de FM Arena, los que salían en Energy, con los que me pagué mis primeras vacaciones en Brasil, antes de los 18) eran una copia barata pero esforzada de los que escuchaba en “Cuál es?”. Las notas que escribía para la revista de rock DeTodo Joven también. Mi estilo, mi búsqueda, mis chistes, todo eso estaba signado por un programa. Cuando dejé la radio empecé a escribir. Ya no solamente columnas de humor, radioteatros, líneas de opinión que después ensanchaba al aire. Empecé a escribir algo que en gran medida hoy es un sello de identidad, una construcción de mis yoes.
En todo eso pensaba hoy, caminando por la calle, cuando en mi MP3 comenzó a sonar el tema de El cuarteto de nos con el que abrió la negra el otro día. Algo me tocó. Algo que me hizo pensar que hay algunas canciones que, escuchadas una vez en un momento determinado, no vuelven a ser las mismas nunca más. No sé. Son momentos, instancias que para unos son una pelotudez al cubo y a otro le significan vaya a saber uno qué. Canciones, programas, libros, palabras, ideas, personas. Me gusta pensar que algunas de esas pequeñas instancias banales terminan siendo construcciones subjetivas, identitarias. Que es lo mismo que decir que hay un mundo que ex-siste, que está ahí afuera, que nos marca, nos motiva, moviliza, nos llevar a ser a partir de lo que hacemos con eso que nos hacen.
Por ahí es el fin de año y la cuestión de los balances me pone un poco susceptible. Pero creo que me gustaría empezar el 2012 dándole las gracias a un montón de gente que me ayudó a llegar hasta acá, hasta este momento tan lindo que es mi vida hoy.
24.12.11
Número de verano 2012 de Lamujerdemivida
Lamujerdemivida
presenta su número de verano:
¿HACE FALTA TENER HIJOS?
"¿No era que había un instinto maternal? Una fuerza salvaje que exigía ser atendida. Un impulso que no dejaba lugar a dudas y buscaba algo muy específico. ¿Acaso no era un instinto porque la necesidad de tener hijos era natural, ineludible, lo más importante? Parece que no."
Además:
♦ “Estocolmo”, un cuento inédito del escritor argentino Leonardo Oyola.
♦ Claudia Piñeiro ofrece un adelanto de la novela en la que está trabajando, ambientada en 1976.
♦ “Primavera árabe”, el sacrificio de un bonzo según Gabriela Cabezón Cámara.
♦ Daniela Kozak explora la incierta conservación del cine en “Qué quedará cuando ya nada quede”.
♦ Una lectura de la crisis europea por Alain Badiou.
♦ Como cada verano, el staff ofrece sus recomendaciones arbitrarias sobre libros, películas, música y restaurantes.
Y como siempre, Margaritas, El Elegido, Abre los ojos, Agenda Cultural y mucha más Lamujerdemivida.
¡Felices vacaciones!
El próximo número sale en abril 2012
Si nos extrañan, pueden buscarnos en la web:
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15.12.11
Mis lecturas 2011
Novelas sudacas
Creo que un poco me saqué la bronca de no haber leído mucha ficción latinoamericana el año pasado. De Argentina, me metí con La muerte lenta de Luciana B. (Guillermo Martínez) y Nombre de guerra (Claudio Zeiger), que cumplen. Árbol de familia, de María Rosa Lojo, me gustó y se lo pedí prestado para dar taller. La ingratitud (Matilde Sánchez) y El otro tiempo (Carlos Dámaso Martínez), más flojitos. Tres no me gustaron: Desalmadas (María Martoccia), El fantasma imperfecto (Juan Martini) y, que los dogos literarios me lo permitan, Las nubes, de Saer, que lo tengo en la mesita de luz, estancado y sin muchas perspectivas de terminarlo en breve. Pulgar arriba para la primera novela de Manuel Crespo, Los hijos únicos, voto positivo para Un yuppie en la columna del Che Guevara (Carlos Gamerro) y un excelente para un clásico: El farmer, de Andrés Rivera. Lo mejor del año, en ficción sudaca, fue una novela que le cae muy mal a mucha gente, pero a mí me fascinó: El pasado, de Alan Pauls. Releí un libro muy divertido, que es El ojo de la patria (Soriano), y volví sobre mi segunda novela, que escribí con mi amigo Kaczka (usualmente no le gusta que lo mencione con nombre y apellido en el blog) en el 2005-2006, para ver si la publicamos en breve: Dios es un humorista.
De Uruguay leí El discurso vacío, de Levrero (raro como siempre, este Levrero, pero me gusta). De Colombia, una historia un poco trillada, pero con suspenso y bien escrita: Los impostores, de Santiago Gamboa. De Chile, descubrí y banco a full a Alejandro Zambra, con Bonsái y Distintas formas de volver a casa (un título lindísimo). De México, al agobiante Mario Bellatín (no hay caso, no me gusta), con Damas chinas, y el grosso de Fabio Morábito, que escribió una novela que podría ser mucho mejor: Emilio, los chistes y la muerte.
Novelas más de afuera
Hoy la cosa viene por países. Extrañamente, agarré a muchos norteamericanos. Algunos no fallan casi nunca: Raymond Chandler y La pequeña hermana, o Dashiell Hammett y Cosecha roja. De Philip Roth leí uno de sus grandes hits, pero que hasta ahora es lo que menos me llegó de él: El mal de Portnoy. De John Irving, recomiendo La cuarta mano (no es El mundo según Garp, pero suma). Paul Auster no me decepcionó con Leviatán (tampoco es la gran novela americana, pero está bien), y Nicole Krauss me volvió a enamorar con su primera novela, Llega un hombre y dice (otro título de puta madre). El caballero que cayó al mar, de Herbet Clyde Lewis, es un lindo libro, y la gran sorpresa fue un texto muy divertido, que es La tía Mame, de Patrick Dennis.
De Inglaterra, el recomendadísimo Anthony Burgess, con Vacilación. De Francia, un autor de moda, Jean Echenoz, que con Un año no me cautivó demasiado, pero me dio la idea para la novela que estoy escribiendo ahora. Y otro que promete ser uno de mis escritores de cabecera: Philippe Claudel, que escribió una obra maestra, de esas que van a ser clásicos de la literatura universal en no muchos años: El informe de Brodeck. Cómprenlo. Dos italianos: Milena Agus, con La mujer en la Luna (no esperen mucho) y un libro raro, que no es una joya pero sí me hizo reír mucho: Que empiece la fiesta, de Niccolò Ammaniti. Riña de gatos, del español Eduardo Mendoza, está bien, y El fin de semana, de Bernhard Schlink, deja muchísimo que desear (sobre todo si uno ya pasó por El lector o Amores en fuga), pero tiene esa cosa schlinkiana de profundizar en la condición humana de los alemanes. Y dos japoneses: Amélie Nothomb (que nació en Kobe, técnicamente), de la que volví a leer esa pieza brillante que es Cosmética del enemigo, y lo mejor que leí hasta ahora de Haruki Murakami: Al oeste del sol, al sur de la frontera.
Clásicos hubo solamente tres. Uno livianito, El acelerador de partículas, de Herbert George Welles, y dos con más peso (simbólico y real): La Eneida, de Virgilio, y el pequeño Moby Dick, de Melville.
Cuentos, o algo parecido
Tuve mi cuota anual de Borges, que sigue sin gustarme pero es inevitable: El informe de Brodie y Ficciones, por segunda vez. Cuentos y novelas I, de Osvaldo Lamborghini, me espantó, lo admito. Muy fuerte para un sensible como yo. La muchacha punk, de Fogwill (¿cuento, nouvelle?), brillante. Adios, Bob, de Gustavo Nielsen, está bien, lo mismo que Velcro y yo, de Martín Rejtman. Pasé también por un cuento infantil largo (o mini novela) de Soriano, El negro de París, que es bastante choto(a), y me estoy resarciendo con Llamada internacional, que tampoco podría catalogarse como cuento, pero…
De afuera, poco. Andamos huyendo Lola, de Elena Garro, fue un suplicio interminable. De La mesa limón y otros cuentos, de Julian Barnes, no me acuerdo nada, y casi lo mismo me pasa con La exportación de cerebros, de Augusto Monterroso, aunque por lo menos de éste me quedan recuerdos más simpáticos.
Teatro
Poco, pero bueno: relectura para Seis personajes en busca de un autor (Pirandello) y Esperando a Godot (Beckett), y primera vez para El casamiento, de Gombrowicz.
Poesía
De acá, leí a los amigos viajeros de Visitante / The visitor (Cecilia Maugeri) y Pecespájaros (Gabriel Kirchuk), El ojo que mira (Griselda García), y un compilado de poesía argentina (Girri, Llinás, Madariaga, Molina, Murena, Pellegrini, Orozco y otros). Para aplaudir, a cien mil watts, de Germán Weissi, de lo mejor que leí en el rubro, y que tuve el gustazo de publicar antes en Casquivana.
De Chile, otros dos amigos: Alexis Donoso y Rafael Farías, con Dêmos, y esa rareza que es la Poesía sin fin, de Alejandro Jodorowski. No es una gloria, pero los haikus son una bestialidad. Y de México, para cerrar, el tipo que escribe la poesía más inteligente y sensible que yo haya leído en mi vida: Fabio Morábito, que compila Lotes baldíos, De lunes todo el año y Alguien de lava en La ola que regresa. Absolutamente genial.
Psicoanálisis
De Freud, el tomo 15 de las obras completas que edita Amorrortu. De Lacan, ese seminario tan complicado que es Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. De Jacques-Alain Miller, un libro con muchos destellos, Donc, y otro demasiado especializado para mi pobreza cognitiva: El hombre de los lobos. Y dos revistas-libro: el número 54 de Conjetural, y el 39 de Psicoanálisis y hospital. Ambas recomendadas.
Teoría no psi
Al margen de los textos sueltos por los que pasé este año en los seminarios de doctorado, que no ameritan la mención, cito a Leonor Arfuch y El espacio biográfico (vale, vale), la complicadísima La novela policial (Sigfried Kracauer), Una introducción a Derrida (Roberto Ferro), Siete ensayos sobre Walter Benjamin (Beatriz Sarlo) y La etnografía (Rosana Guber). Todos esos están bien, pero en poco quedarán. Destaco tres, que son esos libros que abren cabezas a martillazos: el primero es el clásico ¿Qué es un autor?, de Foucault, que tiene el mérito de introducir una idea del mundo, con perfil bajo pero armando quilombo, frente a una patota de gente que se le reía en la cara. El segundo es nuevito y local, y si bien no plantea nada demasiado innovador, es inteligente, filoso, un hachazo a ciertos dogmas: Los límites de la cultura, de Alejandro Grimson. El tercero, otro clásico, es simplemente alucinante, rupturista, adelantado a su época y a esta también: El grado cero de la escritura, de ese cráneo que era Roland Barthes.
Ensayos, o por ahí
Bauman es un señor que ya tendría que ir pensando en jubilarse intelectualmente (desde hace varios años). Su Ética posmoderna es un patadón. Lo contrario ocurre con Jean-Claude Milner (amigo de la logia lacaniana), que sacó un librito buenísimo sobre el Mayo francés: La arrogancia del presente. El mundo como un supermercado (Houellebecq) y Sobre la historia natural de la destrucción (Sebald) no dicen mucho. Y Sobre la violencia revolucionaria, de Hugo Vezzetti, más allá de ser un estado de la cuestión ampliado y crítico, es un muy buen libro.
En párrafo aparte menciono a los ensayos que hablan sobre un sujeto determinado. Por ejemplo, el trabajo minucioso y obsesivo que hizo sobre Illia un profesor, jurado y amigo, Miguel Ángel Taroncher, en Illia: la caída. Marcelo Damiani compiló varios relatos (algunos más inteligentes que otros) en un libro muy interesante: El efecto Libertella. Y ya en términos prácticos, referidos a mi tesis o artículos, terminé leyendo el ribeteado Borges y la cábala, de Saúl Sosnowski, y dos tesis sobre Soriano: Literatura cambalachesca: la heterogeneidad discursiva en la novelística de Osvaldo Soriano (Hugo Hortiguera) y La subversión de la historia: parodia, humor, cine y música en las novelas de Osvaldo Soriano (David Prieto Polo). El destacado: Gombrowicz, el estilo y la heráldica, de Germán García. Germán se lleva los porotos.
Ciencia que ladra, y algo más
No me canso de decirlo, en cuanto espacio encuentro para repetirlo: la colección “Ciencia que ladra” (que edita Siglo XXI, dirige Diego Golombek y tiene a Laura Campagna haciendo prensa) es maravillosa. Textos divertidos, temas piolas, dogmas desacralizados, autores que saben, editores que hacen bien su trabajo. Soy fan. De la colección, de algunos de sus escritores, de la forma en que plantean las cosas. Voto a favor de divulgar los conocimientos que muchos preferirían que queden escondidos. Voto a favor de escribir sencillo sobre conceptos complejos. Voto a favor de ponerle humor a la ciencia. Por eso, recomiendo los libros de “Ciencia que ladra” que leí este año: La ciencia del color (Ana von Rebeur), El jugador científico (Ariel Arbiser, otro casquivano), Científicos en el ring (Juan Nepote) y El gorila invisible (Christopher Chabris y Daniel Simons).
En esta misma línea, hay otros textos que recomendar: Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano (Antonio Lafuente y Andoni Alonso), Manual de escritura para científicos (del volado de Howard Becker) y una pieza de relojería que leí dos veces este año: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.
Crónicas
No es un género muy mío, pero estuvo bueno meterme un poquito. Me gustaron Desubicados, de María Sonia Cristoff (casquivana), La guerra del fútbol y otros personajes (Ryzard Kapuśiński) y Los otros, de Josefina Licitra. Y le digo no a Las décadas púrpura, de Tom Wolfe.
Vidas íntimas, o no tanto
Esta categoría es rara, pero me doy cuenta que entran por lo menos cuatro libros, que no sabría dónde meter. Uno es El origen del narrador, que se trata de las actas de los juicios que se le hicieron a Flaubert y Baudelaire a mediados del siglo XIX, poco después de que publicaran Madame Bovary y Las flores del mal. Interesantísimo. Los otros son Las cartas de Gombrowicz que compila José Tcherkaski, el Diario de Gombrowicz (que estuve desglosando en cinco partes las semanas previas, en el blog) y otro diario, el de Frida Kahlo, que es extrañísimo, lleno de color, impactante, un poco monstruoso de tan humano.
Inencasillables
Últimos cuatro, que me parece no categorizan en ninguno de los ítems anteriores: Opúsculo de máximas, sentencias y otras barbaridades (Alexander Katzowicz), Yo también fui un espermatozoide (Dalmiro Sáenz), La risa (Wimpi, herencia de mi abuelo Coco) y esa cosa rara que es Runa, de Fogwill.
Lo que se viene
No suelo programar demasiado mis lecturas, pero creo que ya tengo separado lo que me llevo de vacaciones: Materia dispuesta (Juan Villoro), El verano sin hombres (Siri Hustvedt), Los prisioneros de la torre (Elsa Drucaroff), Verso y reverso (amigos varios), Rebeldes, soñadores y fugitivos (Soriano), Dinero sangriento (Dashiell Hammett) y el último Chandler: Playback.
Me gustaría también meterme con tres clásicos: El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros y Salambó. Tengo muchas ganas de ver de qué se trata Chuck Palahniuk (si es tan bueno como lo es la película de “El club de la pelea” voy a adherir al club de fans), quiero retomar lo muy poco que me queda de Kundera y Figueras, y avanzar con Márai, Woody Allen y Claudel. ¿Qué es lo que me estoy perdiendo? ¿Qué no puedo dejar de leer el año que viene? Díganme ustedes.
