5.7.09

Las vueltas raras de la vida

Mi blog tiene una herramienta maravillosa que se llama Google Analytics. Es un invento estupendo, que con cierto margen de error, permite saber quién entró, cuántas veces, desde dónde, buscando qué, para qué y qué estaba comiendo mientras tecleaba. Uno de los ítems más interesantes es el registro que Analytics lleva de las palabras clave que el usuario coloca en Google, y que luego lo trasladan a Los Casquivanos. Tal como lo hizo el amigo K hace ya un tiempo, coloco aquí una lista de los criterios de búsqueda más recurrentes y/o graciosos que han aparecido en estos tres años de blog:

- cómo ser un intelectual
- nicolas hochman
- la angustia corroe el alma
- qué es la posmodernidad
- autopenetracion para quitar la virginidad
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- fiesta raras en julio
- zizek mar del plata
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- follando con verduras
- que opina hochman del papa
- tipos y colores de anacondas
- www.pmdq.com.ar
- que es exacerbada
- el origen de la tristeza
- el sabor de la cereza
- protestas sociales en argentina
- seremos libres de nuevo para entregarnos curiosidad
- proyecto identitario
- leer con los telettubies
- que significa gasnapio
- bob esponja
- enanas perversas
- que es un pelele
- sintoma lacan
- tecnicas de autopenetracion
- cuantas tetas tiene una gata
- definicion de casquivanos
- ritual para que le revoquen cosas al que te falta al respeto
- tir de bardahl
- como vivo mi conciencia moral cuando hago las cosas
- que debo hacer para ser intelectual
- requisitos para ser psicoanalizado
- sonambulismo desnudo
- "cagar desnuda"
- "kamchatka existe"
- "potus angustia"
- "y qué boludo el profesor que se debe haber pasado un cuarto de hora contando la anécdota"
- amor, predestinado o hay qué pelear
- anda a cagar racionalismo

Conclusión: la gente entra a este blog buscando respuestas muy concretas. Así les va.

3.7.09

Elogio de la inmadurez

“Tú, haz más intensos los años de niñez recargándolos con la experiencia del adulto. Liga la corrupción a tu frescura de niño. Atraviesa verticalmente todas las posibilidades de la precocidad. Ya pagarás el precio: a los 19 años no tendrás sino cansancio en la mirada, agotada la capacidad de emoción y disminuida la fuerza del trabajo. Entonces bienvenida sea la dulce muerte fijada de antemano. Adelántate a la muerte, precísale una cita. Nadie quiere a los niños envejecidos. Sólo tu comprendes que enredaste los años para malgastar y los años de la reflexión en una sola torcida actividad intensa. Viviste al mismo tiempo el avance y la reversa.”

Eso lo escribía el caleño Andrés Caicedo en su novela ¡Que viva la música! Para esa misma época (1973-1975) diría que vivir más allá de los 25 años era una vergüenza. Por eso, cuando le entregaron el primer ejemplar de su libro, ya impreso, se tomó 60 pastillas y la palmó ahí mismo. Tenía 25 años.

“Cuando estés reventando acompañado, ¿tú, qué harás? ¿Te quedarás dormido con la boca abierta delante de quienes han admirado siempre tu vitalidad? ¿Te despedirás dando tumbos para que se dé a tus espaldas un ramo de habladurías? ¿Reventarás encima de los otros? ¿Por qué buscas la compañía en tus momentos de degradación? Vuélvete adicto de los vicios solitarios.”

Como si el que hablara por Caicedo fuera el maestro Zarathustra, o el mismísimo San Nietzsche en su estado más eufórico. Como si Caicedo hubiera leído a Sándor Márai en La mujer justa y se hubiera tomado extremadamente en serio eso de que el hombre hace cualquier cosa con tal de evitar su soledad, y por ese mismo motivo se forja un devenir de cotidianeidades, inventa hobbies, forma una familia, elige la vida que elige. Aunque Márai se equivoque: el hombre no siempre hace lo que hace para evitar la soledad, sino que muchas veces pone en juego lo más real de su deseo. Aunque Caicedo no lo vea de ese modo. Aunque su deseo sea otro, tan lleno de sí mismo y de los otros.

“Tú, no te detengas ante ningún reto. Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar.

Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé.

Que no accedas a los tejemanejes de la celebridad. Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser un niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes. Tus padres te tuvieron. Que tus padres te alimenten siempre, y págales con mala moneda. A mí qué. Jamás ahorres. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Elimina las treguas, recoge tu hogar en el daño, el exceso y la tembladera.

Todo es tuyo. A todo tienes derecho y cóbralo caro.

No te sientas llenecita nunca.

Aprende a no perder la vista, a no sucumbir ante la miopía del que vive en la ciudad. Ármate de los sueños para no perder la vista”.

Probablemente Caicedo jamás haya leído ni oído nombrar a Witold Gombrowicz, el padre (paradójicamente el padre) de esta filosofía, de esta norma de conducta. Gombrowicz predicó eso mismo desde su obra aun antes de exiliarse de Polonia en 1939, y lo mantuvo con insolencia y petardismo hasta su muerte en 1969. La diferencia, la gran diferencia entre ellos dos, es que el gran Witoldo sí le temía a la muerte, y ese temor era inclusive mayor al de envejecer. Por eso se murió de viejo, asmático y decadente, casándose con una señorita cuando era homosexual, como si así pudiera retomar un poco el lugar de privilegio que obtienen aquellos escritores que hacen lo que se debe hacer. Caicedo murió a los 25; Gombrowicz a los 65. Caicedo escribió unas pocas páginas, que no trascendieron demasiado las fronteras de Sudacalandia; Gombrowicz recibió el Formentor, estuvo nominado para el Nobel y hoy su nombre suena como uno de los baluartes de la literatura universal de la segunda mitad del siglo XX. Si Caicedo hubiera respirado cuarenta años más, ¿hubiera sido parte del Gran Panteón Histórico, o simplemente hubiera dejado de trascender, como lo hizo con tan poca y consecuente obra? La historia contrafactual nunca sirvió para nada, a nadie, pero es improbable no formularse las preguntas que ella recomienda. Como con Baudelaire, o Rimbaud, o Mozart, o Macaulay Culkin. ¿Y si hubieran muerto viejos, acompañados, asmáticos y en franca decadencia?

“Olvídate de que podrás alcanzar alguna vez lo que llaman ‘normalidad sexual’, ni esperes que el amor te traiga paz. El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay nada más disímil ni menos dado a la reconciliación. Tú, practica el miedo, el rapto, la pugna, la violencia, la perversión y la vía anal, si crees que la satisfacción depende de la estrechez y de la posición predominante. Si deseas sustraerte a todo comercio sexual, aun mejor.

Para el odio que te ha infectado el censor, no hay remedio mejor que el asesinato.

Para la timidez, la autodestrucción.

Adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines, aprende a sabotear los cines.

No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse; alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia.

Para endurecer la unión sellada, ensaya dándote contra las tapias.

No hay momento más intenso ni angustioso que el despertar de un hombre que madruga. Complica y prolonga este momento, consúmete en él. Agonizarás lentamente y de berrido en berrido enfrentarás los nuevos días.”

Hay algo de conmovedor en la poética de Caicedo. Romanticismo puro, con mezcla de política punk y anarco-lisérgica, de esa que busca el autobocioteo a través de las más diversas drogas, el sufrimiento, la humillación, el alcohol, la destrucción de todo lo bello con vistas a un vacío redentor. Pero lo conmovedor no es ese idealismo del nihilismo más recalcitrante, sino la convicción de que el sujeto puede elegir su propio camino, de que sin importar cuál sea el mandato social preestablecido, el sujeto puede ser actor de su propia obra, y elegir cómo continúa y cuál es su conclusión, ya que el inicio nunca le es dado a decidir. Y la coherencia férrea y tormentosa, claro, de ser consecuente con el peso agobiante de la palabra, y elegir hace eso mismo que se dijo; elegir decir, y después actuar, para no decir más.

La pregunta que siempre quedará, por supuesto, es la misma desde hace años: ¿qué tanto poder soportar la levedad del ser?

29.6.09

Mi primer ex libris



By Leticia Paolantonio.

28.6.09

Cosas que están mal

  • Mojar un bizcochito de grasa en el té o el café con leche.
  • Que las medialunas con jamón y queso no sean saladas.
  • La atención al cliente en el 96,43% de los bares.
  • El libro ¿Se puede aplicar la literatura al psicoanálisis?, de Pierre Bayard.
  • La película “Flash genius”, y el 80% del cine francés.
  • El Windows Vista.
  • Que Micromar haya sacado el servicio Retiro-Mar del Plata de las 8.
  • Que la gente se compre un Fiat.
  • El anonimato cobarde. Es decir: ser robertos.
  • La burla.
  • Completar más de 2 test por día en Facebook.
  • Las listas de cosas que están mal.
  • Las editoriales que hacen manuales para secundaria y copian y pegan de Wikipedia.
  • Confundir histeria con seducción.
  • Que Asatej diga que atiende los sábados hasta las 12, y que esté cerrado 11:40.
  • La izquierda universitaria en Argentina.
  • La izquierda argentina.
  • La universidad argentina.
  • La izquierda.
  • La universidad.
  • Argentina.
  • Las verdulerías que te dan una bolsita de 30 x 40, de micrones contados con los dedos, para llevar 1 kilo de papas, 1/2 de cebollas, 2 cebollas de verdeo, 2 peras, 1 banana, 1 paquete de espinaca, 3 zanahorias, 1 tomate y unas hojas de albahaca.
  • La insistencia.
  • Las tostadas quemadas.
  • La insistencia.
  • La insistencia.
  • Los escritores que van a leer a ciclos literarios y no pueden articular cuatro palabras seguidas.
  • Los intelectuales que reniegan de ser tales
  • Ser Uno Mismo.

20.6.09

¿Qué es la Posmodernidad?

ADVERTENCIA: Éste es un post intelectual, académico, aburrido. No lo lean.


Bueno, bueno, se puso entretenido esto. Atendiendo el comment que Pedro hizo en el post anterior (que es muy bienvenido), me puse a responder y me pareció que daba para una nueva publicación, para hacerlo aún más prolijo y discutir un tema que me parece fascinante: ¿Qué es la Posmodernidad?

Me parece que todo lo que el anónimo amigo Pedro dice es acertadísimo (los invito a leerlo), si nos quedamos con la idea tradicional que se tiene de la Posmodernidad, que es la que hace que se la perciba tal como él la describe. Coincido en cada uno de sus puntos, y creo que de hecho los autores posmodernos suelen (solemos) caer en cada uno de ellos de manera muy poco elegante.

Pero (y acá viene el pero), yo lo veo diferente. Digo que lo veo diferente en el sentido de que creo que es así, pero que se podría verlo (y hacerlo) de otra manera. A mí me gusta mucho la idea de la resignación, de la que hablo siempre. Resignarse no es agachar la cabeza, asumir que ya está todo hecho y dejar que la vida nos de palos, sino que lo entiendo por el lado de re-signar: volver a dar signo, dar un nuevo significado; aceptar que las cosas son así, y a partir de eso modificarlas, no retrospectivamente (ejercicio imposible hasta que Wells nos legue su benemérita máquina del tiempo o los guionistas de Lost tengan razón), sino a futuro: ese futuro impredecible que de destino no tiene nada.

A qué voy con esto: creo que lo que se hizo con la idea de Posmodernidad (lo que los propios posmodernos hicimos con y de ella) es una vergüenza, pero que la idea contiene algunos puntos que me parecen fundamentales para trabajar con lo más real de nuestra cotidianeidad día a día. Y con la teoría, claro.

Me refiero, concretamente, a cosas como éstas:

1. El sujeto es incompleto, fragmentario, imperfecto, escindido de sí mismo.


2. Eso hace que el yo no sea uno, que las identidades sean múltiples y complejas.


3. El ser humano es contradictorio, complota contra sus propios intereses y aquellos de los que lo rodean (ni qué hablar los de la bella Humanidad).


4. Esto se debe a que el deseo tenga vericuetos mucho más oscuros y, en apariencia, mucho más inexplicables de lo que creemos habitualmente.


5. Que el deseo y el goce sean imperativos no implica inexorablemente que eso quede subsumido en la lógica capitalista. Es lo más fácil y habitual, pero es una elección del sujeto no-necesaria, contingente, que puede ser resignificada. Qué tareíta, eh?


6. El idiota es idiota hasta que deja de serlo y puede transformar en palabras y acciones su pensamiento ocioso y circular.


7. Ergo, las esencias, para este caso, no existen: existe la voluntad del sujeto de ser actor de sus propias convicciones. Ser consecuente con la elección (con el deseo) es algo que no podemos soslayar.


8. Para eso, hay que releer a Castoriadis y su idea de qué es la autonomía: el rechazo del discurso del otro, no porque sea bueno ni malo sino porque, lisa y llanamente, es el discurso del otro (¿del Otro?). Por supuesto, pensar en una autonomía total y absoluta es imposible (como pretende la Modernidad), debido a lo que señalo en los primeros ítems de esta perorata. El intento ya vale de por sí.


9. Freud decía al respecto (sin saber que un siglo después lo íbamos a estar tomando para explicar esto, pobre): “Wo es war soll Ich werden”. En criollo, “Donde estaba el ello debe devenir el yo”.


10. Parafraseando a Sartre, uno es lo que hace con lo que los demás hicieron de uno. Modificar la propia conducta ética a partir de esta noción es de lo más complicado que se me ocurre en la vida. Complicado y acertado, creo. Y eso tiene muy poco que ver con la Modernidad a la que estamos acostumbrados.


11. Lacan, Badiou y Žižek tienen muchísimo de lo que yo tomo como “ideas posmodernas”. Pongamos si se quiere un rótulo más amigable: los tres son posestructuralistas. Como Kristeva, Todorov, Touraine, Foucault, Derrida, Deleuze, Guattari, Lyotard, Baudrillard, Bataille, Morin, Prigoguine, Schrödinger, Kundera, Woody Allen, Gombrowicz, Morábito, Puig, Cortázar, Tarantino, Wan Kar-Wai, David Fincher, Charlie Kaufman, Matrix, Nick Cave, Tom Waits y Lawrence Durrell (vale agregar todos los que se les ocurran).


12. Queda claro que la Razón no alcanza para explicar ni entender todo esto.


13. A mí, por lo menos, me queda claro que la Modernidad ya fue. Que lamentablemente ya fue. S me hubieran dado a elegir un momento histórico para vivir, hubiera escogido la Inglaterra de principios del siglo XX. Hubiera sido fascinante deambular por clubes machistas, fumando pipa y hablando de política internacional, con un sombrero y un bastón, sin cuestionarme todas estas pelotudeces que hoy por hoy hacen a mi vida intelectual y (esto es terrible) cotidiana. Pero vivo en Buenos Aires en el 2009, y mis múltiples realidades son otras.


14. Posmodernidad porque venimos inmediatamente después de la Modernidad, sin que quede claro cuál es el momento en que se pasa de una a otra: estudié Historia y aprendí (tal vez mal-aprendí) que estas cosas no funcionan como rupturas, sino como continuidades que son larguísimas transiciones, generalmente imperceptibles. Y lo que viene después de la Modernidad es realmente inexplicable para mí, desde muchísimos aspectos. Las formas mutan con una rapidez intolerable (confrontémoslo con la idea de la Modernidad Líquida de Bauman, con la Hipermodernidad de Lipovetsky), y eso hace que ESTO no tenga una forma, una manera, una definición, una concepción asimilable. Por lo menos no para mí; no hoy; no así.


15. Asumir esa incertidumbre, el rasgo más característico de esta época, me parece un ejercicio dificilísimo, que requiere de paciencia, ética y un esfuerzo inimaginable (el moderno Goethe decía que los esfuerzos son la medida de la fuerza). Y creo que desde esa perspectiva, la Posmodernidad puede llegar a ser un gran momento de cambio en la manera de ver, entender, explicar y hacer nuestro devenir. Una manera de modificar una Weltanschauung que ya está arcaica y que no nos sirve para enfrentarnos a toda la mierda con la que convivimos todos los días. Una manera linda de vivir mejor, de ser más felices. De estar bien.

15.6.09

Cosas en las que no creo

1. El velcro.
2. Dios.
3. La Verdad.
4. El criterio objetivo.
5. A las mujeres cuando dicen no (el 90% de las veces).
6. La inocencia.
7. La Teoría Universal de la Conspiración.
8. La sociabilidad en un boliche.
9. Los dogmas.
10. Washington Cucurto.
11. Que las mujeres sean todas iguales.
12. Que las mujeres sean todas diferentes.
13. Los que no viajan.
14. Los que nunca caen en el kitsch, y los que lo toman como modelo de vida.
15. Kitano.
16. Las vacas sagradas.
17. Ciertas mentiras.
18. La psiquiatría.
19. Que no se pueda conocer a la gente por Internet.

8.6.09

La insoportable levedad de una mente sin recuerdos

En La insoportable levedad de ser, Milan Kundera dice lo siguiente:

"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo?
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
'Einmal ist keinmal', repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.
"

Está pensando en la idea del eterno retorno de Nietzsche. Si nuestros deseos y decisiones no tienen la posibilidad de retornar siempre al mismo punto, de ser repetidos infinitas veces, entonces pierden peso. Eso hace que nuestras elecciones sean efímeras y tengan mucho de triviales. Para nosotros pueden tener importancia, pero al devenir eso le importa poco y nada; para él, no son más que partículas elementales no esenciales. Elecciones sin peso ni trascendencia. Y precisamente eso es lo que hace que a veces percibamos lo fugaz de nuestra existencia y los actos que en ella desarrollamos, lo que hace que aparezca con contundente prepotencia la insoportable levedad del ser.
La misma idea vuelve a aparecer en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, del genial Charlie Kaufman (debe ser uno de esos pocos casos en los que se recuerda al guionista, y no al director). La película parte de la fantasía de que hoy mismo es posible realizar un procedimiento científico, mediante el cual podemos borrar de nuestra mente todos aquellos recuerdos que deseemos. Un triunfo del hombre y su tecnología sobre el inconsciente. La película es fascinante, ya que muestra la clase de angustias y problemáticas típicas de los recién separados, pero desde otro lugar. Una historia que fue contada millones de veces por el hombre, pero que encuentra aquí un camino diferente, un espacio otro para ser narrado. En el fondo, lo que Kaufman se pregunta, a través de su guión, es si en realidad Kundera no estará equivocado al decir “einmal ist keinmal”. ¿Y qué si el eterno retorno existe? ¿Y qué si el hombre vuelve a elegir lo mismo una, y otra y otra vez, aún no sabiendo que antes escogió la misma posibilidad?
La película tiene tres momentos donde aparece el Horror. El primero, cuando el héroe percibe un vacío aterrador en su vida. El segundo, cuando descubre que la heroína lo borró de sus recuerdos. El tercero, el más agobiante de todos, cuando él mismo se da cuenta que hizo lo mismo con ella. Como si lo Real, ese núcleo duro que no debería estar ahí, apareciera repentinamente para cuestionar todo lo que es. Y todo lo que elige. Porque ante la ausencia total y absoluta de la memoria, ¿cómo podemos saber qué es lo correcto elegir? ¿Cómo podemos saber si nuestra decisión anterior fue acertada? ¿Hicieron bien en enamorarse? ¿Hicieron bien en permanecer juntos? ¿Hicieron bien en eliminarse recíprocamente de sus vidas y recuerdos?
Retornamos entonces al punto de origen, pero con idéntica ignorancia: sus elecciones se repiten una y otra vez, ad libitum. Se ven a sí mismos como Neo, cuando se sale de la Matrix para enfrentar al Arquitecto con la palabra. ¿Cómo saber qué decisión tomar? Repetir lo Mismo implica poder volver a compartir nuevamente un momento, una nueva elección. Elegir lo Otro, eso que no existe, los puede llevar a un horror mayor.
“Muss es sein?” Se pregunta Beethoven, algo apabullado, y él mismo responde: “Es muss sein! Es muss sein!”. ¿Tiene que ser? Sí, ¡tiene que ser!
Sin embargo, Neo elige diferente, y algo cambia en las reglas del Juego que se jugó hasta allí. Sin embargo, Kaufman elige no mostrarnos qué sucede con las elecciones que sus personajes ponen en práctica, con lo que nunca sabremos qué ocurrió después. Sin embargo, Tomás reflexiona sobre todo esto, y opta por elegir diferente y no darle la razón al destino preestablecido cuando le dice quién y es y qué debe ser y hacer. “Es könnte auch Anders sein” significa que también podría haber sido de otro modo.
Porque lo inevitable tiene muy poco que ver con las decisiones del hombre y su contingencia. Porque aunque la levedad del ser siga siendo algo insoportable, es necesario asumir que la elección, convertida en acto, sea quizá la mayor fortaleza del ser humano. Porque siempre, siempre, las cosas podrían haber sido de otro modo.

6.6.09

De orugas, y parques y desviajes


Desde lo más virtual

De todo nuestro desconocimiento

Llegaste un día de sorpresa

A mirarme a los ojos

Y dejarte mecer en palabras

Que nunca habías oído antes

No de esa manera

Palabras que yo nunca había mencionado

No así


Llegaste

A tomarme de la mano

Sin que me diera cuenta

Sin permitirme protestar

Ni dejar de sonreír


Y caminar conmigo

Por esas calles y avenidas

En las que vos reinabas

Desde hace siglos

Enseñándome a quererlas

A saber que cada una

Conducía a una plaza

Un parque

Un pedacito de pasto

Para tirarnos al sol

Y revolcarnos como orugas

Que mientras esperan construyen

Y esperan

Y construyen

Enseñándose que los viajes

Pueden ser tan otros

Y tan dulces los desviajes

3.6.09

Es könnte auch Anders sein

Tiene algo de imposible
Escribir poesía existencial
Escuchando reggae, salsa
Oliendo tus colores tropicales
Con el sol dándome en los ojos
Algo de imposible
Pensarte sin viajar
Sin prometerte mejores
O peores mundos posibles
Ni hacer de las emociones clandestinas
Una hoguera que consuma
Voraz
La lógica de los actos que elegimos

Tal vez ése sea el desafío
Cambiarnos a nosotros
Y entre nosotros
En estas distancias
Centrífugas que nos rodean
Evitar a las sirenas
Cuando nos cantan insinuantes
We cannot change
Pensar
Creer o insistir
Que las cosas siempre
Siempre
Podrían ser de otro modo

28.5.09

El lugar del saber

Ayer se dio una situación que últimamente se está volviendo recurrente. A la noche, mientras hacía cualquier cosa en la computadora (probablemente estuviera jugando al TEG contra 5 oponentes virtuales), dos personas me convocaron en carácter de urgencia para resolver problemas de corte cognoscitivo. Estas dos personas no se conocen entre sí, pero coincidieron en el momento, en el pedido y en las formas. Ambos necesitaban saberes para aplicar a tareas relacionadas con el mundo académico. Uno, para dar una clase; otro, para hacer un trabajo práctico.
Lo que me dejó pensando mucho es ese lugar de saber en el que me situaron. Por un lado, es evidente que yo me dedico a esto y me va bastante bien. Tengo una beca, escribo todos los días, doy clases, leo, etc. Pero por otro lado me surge una palabra que ya he conversado con los bloggers amigos: fraude, fraude intelectual.
A mí me encanta el debate, la discusión, la confrontación de ideas, el choque de opiniones. Por eso, cuando discuto con un historiador, aplico argumentos que vienen de la literatura o el mundo psi. Cuando estoy con literatos, lo hago desde una perspectiva psi e historiográfica. Cuando estoy con psicoanalistas, retruco con la magna Historia y la benemérita Literatura. Si hay revolucionarios, soy de derecha; y si mis interlocutores tienen la bandera de las cincuenta estrellas tatuada en el codo, les hablo de Castoriadis, Foucault, Erich Fromm y Wilhem Reich. A los racionalistas les respondo con discurso posmoderno; y a los posmodernos, con humor, relativizando la relatividad. Hablo de Lawrence Durrell con los científicos más duros, y del método popperiano y el contramétodo de Feyerabend. En definitiva: siempre ocupo una posición de saber, pero de otro saber.
Mi cuestionamiento tiene que ver, en este caso, no con la posición que yo asumo al discutir (que a mí, por otra parte, me aporta bastante). Sino con la aceptación generalmente pasiva, por parte del otro, de ese discurso no-mío, con el cual siempre confronto sin confrontar. Se me ocurre un único caso de alguien que no me sigue la corriente, y a quien me cuesta muchísimo convencer de todo esto (lo dejo picando, para que cada uno pueda creer que se trata de su persona).

Pregunto, entonces: ¿por qué las gentes estamos tan dispuestas a aceptar, a veces con tanta acrítica, el lugar de saber que el otro se adjudica?