Con insistencia dogmática
Viajo a quedarme quieto
En todos esos argumentos que esgrimís
Palabras incomprensibles
Gestos que se tuercen
En cada movimiento
Entre cada una de tus maneras
De cooptar mis lógicas de telgopor
Un blog posmoderno, inconcluso, abierto a sus múltiples posibilidades, con identidades múltiples. Lleno de subjetividades de colores y provocaciones ad hoc. Sin catarsis histéricas, sin respuestas precisas. Un blog perspectivista.
Puro Ordem e Progreso.
Como esos terrenos baldíosO casa
O manicomio cotidiano
Donde las paredes y los techos van siendo derrumbados
Y no queda nada
O casi nada
Así estoy empezando a (de)construir
De manera lenta, torpe
Y con bastante negligencia
Las columnas de un nuevo sucucho
Donde hospedarme en las tardes
Y no mojarme cuando hay lluvia
Como esos terrenos baldíos
Donde todo va siendo dinamitado, implotado
O simplemente demolido con paciencia
Y quedan
En las paredes de los edificios lindantes
Recuerdos de lo que hubo alguna vez
Canaletas donde había tuberías
Azulejos de colores
Que delimitan un ambiente y otro
Manchas de humedad
Helechos trepando como enredaderas
Óxidos que vaya a saber uno
De qué historia inédita serán testigos
Así
Con ese deleite que tiene lo pequeño
Lo ínfimo, lo inexplorado
Voy armando la estructura
Imperfecta y con agujeros
De lo que alguna vez
Probablemente
Sea el espacio que ocupemos vos y yo
O que ocupen otros
Después o en vez de nosotros
Y que seguro
Seguro
Va a tener rinconcitos nuestros
Canaletas, azulejos, óxidos y helechos
Que den cuenta
De lo que hicimos alguna vez
- Una señora de 60 años que se tomó el 39 a Palermo, que tenía las tetas más grandes que la Coca Sarli, un escote prominente, dos pares de lentes de sol y un perrito como el Jazmín de Susana Giménez, que ladraba desde el bolso negro donde lo escondía.
Parte de los balances que hago los diciembres (innecesariamente y sin ningún tipo de beneficio ni consecuencia positiva), tiene que ver con compartir mis lecturas del año. Suele ser el post más largo, aburrido y menos leído de todo el blog. Además de un acto de petulancia, claro. Pero cada tanto cae alguno al que le sirve una recomendación, o bien me tira algunos títulos para la próxima temporada de lecturas, que muchas veces viene con sorpresas gratas.Empecemos por las novelas.
Cuando el año pasado leí por primera vez a Mario Levrero, me entró a picar el bichito de volver a encarar novelas negras, algo que tenía abandonado desde la adolescencia. Empecé con Dashiell Hammett y El hombre delgado. Después me metí con el genio de Chandler y ese fenómeno que es Philip Marlowe: La dama del lago, La ventana siniestra y El largo adiós, que tiene esa frase ya histórica: “No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Cuando era triste, solitario y final”. Grosso. La frase le da título a la primera novela de Soriano, que leí por tercera vez, disfrutándola cada vez más. Del gordo también volví a releer La hora sin sombra (su última novela), que es otro librazo.
Otros autores argentinos que figuraron este año: Juan Filloy con Aquende, que no me gustó pero es una cosa diferente, por la que vale la pena pasar; Sergio Bizzio y Realidad, que me lo clavé en una tarde: no es alta literatura, definitivamente, pero está bien escrito y evidentemente pasa con fluidez; Cartas profanas, donde Luis Mattini (Arnol Kremer) cruza ficcionalmente a Gombrowicz y Santucho, está mal escrito y es más catártico que otra cosa; La revolución es un sueño eterno, de Rivera, muy bueno; Monoblocs, de Gisele Amaya Dal Bó, una primera novela excelentemente escrita de una persona que promete muchísimo; Luna caliente, de Mempo Giardinelli, de lo mejor que leí en el año, una joya: erotismo perverso en medio del calor chaqueño; El colectivo, de Eugenia Almeida, está bien; Los Casquivanos, de Nicolás Hochman, gran novela (yo la avalo y la recomiendo, señor editor); El teatro de la memoria, de Pablo De Santis, libro para ser premiado y ganar plata, cosa que logró, pero que no deja nada; de Magic Resort, de Florencia Abbate, esperaba mucho más: ya conocía su novela anterior y me había gustado el perspectivismo durrelliano que le da a las historias, pero acá me aburrí mucho. Y el destacado, lejos, vuelve a ser Marcelo Figueras, con su primera y última novelas: El espía del tiempo y Aquarium. Hubo también tiempo para tres novelistas sudacas que no son de por acá: Andrés Caicedo con ¡Que viva la música!, una de esas lecturas que hay que hacer; La alemana, de Gustavo Escanlar, que me pareció un gran hallazgo de la gente de Factotum; y Una novelita lumpen, del genio y marketinero Robero Bolaño.
De por allá, leí un pendiente de hace tiempo: Un mundo feliz, de Huxley, que me gustó mucho. Agarré el peor libro de Sándor Márai que haya visto, La elegida. Me aburrí con el libro donde André Gide hace sutilmente pública su homosexualidad, El inmoralista, y con Firmin, de Sam Savage (el ratón que narra). Rescaté varias cosas de Medianoche de amor, de Michel Tournier. Voté a Leonard Cohen y El juego favorito para que pasen por encima al embolante La conjura de los necios. Encontré en el Engaño, de Philip Roth, algunas de las ideas metaliterarias más inteligentes de este año. Aprendí un poco de historia egipcia con Naguib Mahfuz y Akhenatón. De Kundera leí la novela que me faltaba, La ignorancia, y volví a sumergirme en La insoportable levedad del ser, sin dudas la mejor novela de la segunda parte del siglo XX. Y hubo dos que revoleé contra la pared, los dos españoles: Juan José Millás, que con un título impresionante contó una historia pedorrísima (La soledad era esto) y Rosa Chacel (otro legado de Levrero) con Estación. Ida y vuelta.
Cuentos, narraciones cortas y demás.
Lo primero fue una antología chiquita de Tolstoi, Cuentos populares. Los signos, de De Santis, me gustó mucho más que la novela de la que ya hablé. Historias en la palma de la mano, de Kawabata, soporífero. Remedio para melancólicos, de Bradbury, está bien, siempre que no vayan a buscar historias como las de Farenheit o Crónicas marcianas. 9 cuentos, de Salinger, me sorprendió, porque pensé que lo iba a querer incendiar, como me había sucedido con El cazador oculto, pero no, lindo libro. La bombilla que flota, de Woody Allen, tristísimo, en el sentido literal de la palabra: un libro depre y melanco. De por acá leí a algunos amigos, como Vanesa Guerra y La sombra del animal, o Julio Parissi con Nunca se supo de qué vivía Benítez y El corazón sin límites de Julián Carranza. La colombiana Carmen Cecilia Suárez no me dejó demasiado con Un vestido rojo y otros cuentos, a diferencia de Bolaño y Llamadas telefónicas. No debería haber leído La otra orilla, de Marcelo Gianelli, y no perdía demasiado si esquivaba El otro lado, de Jorge Consiglio, y La Biblia. Según veinticinco escritores argentinos. La estrellita dorada se la llevó En sueños he llorado, de Alberto Laiseca, que es una compilación de perversiones que anteceden al manual sadomasoporno. A Laiseca hay que leerlo, aunque sea un poquito. Y después coger y coger.
Poesía, o casi.
Debajo del viento, de Álvaro Mata Guillé. Una antología y Los elementos del desastre, del grosso Álvaro Mutis. Las musas inquietantes, de Cristina Peri Rossi (esperaba más). Réquiem y otros poemas, de Ana Ajmátova (no sé si me perdí la gracia en la traducción, o si la poca onda venía de ella). Defensa de Violeta Parra y otros poemas, de ese viejo copado que es (que sigue siendo) Nicanor Parra. Un disfraz para el miedo, de Agustín Castillo, excelente. Papel reciclado (Valeria Iglesias), El don de creer (Leonor Silvestri), Fuga (Evangelina Aguilera), Hueco reverso (Gilda Di Crosta), Era sal entre las piedras y Palabra de la memoria (Martha Goldin). Puteé como loco con Jorge Guillén (en realidad quería comprar uno de Nicolás Guillén y pifié), y luego armé una lista de palabra para no decir más. Terminé uno mío, Trazos baldíos, en homenaje al título de Fabio Morábito, Lotes baldíos, que leí junto a La lenta furia. Y, sin incertidumbre alguna, los dos mejores poemarios del año, y de lo mejor que leí en mi vida e poesía, Manual de instrucción suficiente y Pruebas de supervivencia, de León Restrepo.
Teatro, muy poquito pero todo excelente. Otra joya de León Restrepo, con un título increíble: Del silencio, lo que sobra. Exiliados, de Joyce, y Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello.
Dos autobiografías: Estambul, de Pamuk (ajjjjjjjjjjj) y Memorias impersonales, de Álvaro Couso.
Teoría, sociales, humanidades, ensayo, crítica literaria, historia, filosofía y psicoanálisis (todo en la misma bolsa).
Michel Lafon y Benoit Peeters armaron un librito muy lindo, Escribir en colaboración, en el que cuentan historias de escritores que, precisamente, escriben en colaboración. Slavoj Žižek se volvió a lucir con A propósito de Lenin. Franceso Patrizi escribió una utopía en el siglo XVI: La ciudad feliz, que claramente no alude a Mar del Plata. Charles Seignobos me volvió a capturar con su segundo tomo de la Historia Universal, que usé para preparar el manual de historia Moderna, esquivando todos los datos que él sugería. Santiago Kovadloff y su Sentido y riesgo de la vida cotidiana me parecieron una porquería de autoayuda pseudofilosófica. Foucault garpó con la Historia de la sexualidad, volúmenes 1 y 2. Hugo Savino me hizo putearlo mucho cuando leí Vientos del noroeste, y cuando agarré su traducción de La poética como crítica del sentido, de Henri Meschonnic. Enzo Traverso me dio datos para la tesis, con Cosmópolis. Pierre Bayard me dio alguna cita para refutar, en ¿Se puede aplicar la literatura al psicoanálisis? Dorfman y Mattelart me hicieron reír con un librazo: Para leer al Pato Donald. Lacan me pudo, en su sentido más laxo: me ingesté con el Seminario 23. El sinthome, y con Intervenciones y textos 2. Autores varios, compilados por Zubieta, me dieron más ideas de tesis con De memoria, editado por EUDEBA. José Sazbón me adormeció tiernamente con Nietzsche en Francia. Jorge Pescina me mandó su Desfilosofando desde México e hizo que quisiera tenerlo en el staff de mi próxima revista. Edgardo Castro escribió un librito muy interesante, explicativo, que se llama Giorgio Agamben. Una arqueología de la potencia. Marcela Croce habló sobre Soriano (sin decir demasiado) en Osvaldo Soriano. El mercado complaciente. El número 50 de Conjetural, muy bueno. Contra la eternidad, de Jean Allouch, no me gustó. El científico también es un ser humano, de Pablo Kreimer, es medio un rejunte de cosas, pero yo se lo recomiendo a cualquier académico. El notodo de Lacan, de Guy Le Gaufey, complicadísimo pero bien interesante. El cuarteto de Buenos Aires, de Álvaro Abós, linda lectura. Las redes secretas del poder, de Pablo Alegritti, literatura de la alta conspiración.
Dos libros de historietas: Bosquinia, de Carlos Trillo y Guillermo sacomano; y Triste, solitario y final, en versión gráfica de Sanyú.
Y por último, los inencasillables: Pesimista militante, de Hermenegildo Sábat; un libro sobre invasiones inglesas de Ricardo Mariño que creo acaba de salir, o que acaba de entregar, o algo así; Yo también fui un espermatozoide, de Dalmiro Sáenz; y Los muertos no mienten, de Luis Gusmán.
Un año de muchas lecturas, con algunas cosas muy buenas, donde brilla por su ausencia la literatura clásica. Algo que trataré de enmendar en el 2010, con Ana Karenina y El Quijote.
¿Recomendaciones? ¿Cosas que no puedo dejar de leer en este año nuevo que se viene?
Hay gente que cree, y gente que no. En mi caso, desde la más temprana infancia se me enseñaron las bases de cualquier herejía: una manga de ateos me antecedía ancestralmente, y me educaron bajo los parámetros de la Razón. Sin embargo, el pensamiento mágico de las fiestas de fin de año trasciende los rituales religiosos, y pasa a formar parte de la magia de la niñez. Mis viejos no se ponían de acuerdo: mi mamá quería que sus hijos creyeran que Papá Noel y los Reyes Magos existían, y mi papá no. Así que, tras deliberarlo un buen tiempo, llegaron a un aristotélico término medio.Yo siempre supe que Papá Noel no existía, pero los Reyes sí.
Así eran mis festejos. Mientras todos los nenes fantaseaban con el hombre de la bolsa roja, yo sonreía muy digno, sin decir nada, porque conocía la Mentira, el Complot Universal. Y cada 5 de enero a la noche ponía en una bandejita Criollitas y vasos de agua, y pasto en el balcón, para que reyes y camellos tuvieran alimento y descanso, e incentivar así los regalos que dejarían. Al día siguiente era todo un caos: los tipos eran desordenados y mugrientos, y hacían miguitas por todo el living, con lo que mi vieja tenía que ponerse a limpiar la alfombra, algo que ella odiaba. Los camellos, además, dejaban huellas de barro y machucaban las plantas. Un desastre.
Un desastre que servía para que yo siguiera creyendo en el mito, aunque sospechara lo contrario. No entendía cómo semejantes bichos pasaban por el enrejado cuadriculado de 4 x 4 del balcón. Pero claro: eran magos.
Con los años me fui avivando (como cuando en la mesita de luz de mi viejo encontré los dientes que el ratón me cambiaba por billetes a la noche), y empecé a disfrutar las fiestas con conocimiento, y sin mítica alguna. O con una mítica racional.
Luego fui tío, dos veces, y entonces me puse en el papel. Me disfrazo de Papá Noel desde el año 1999. Las intermitencias que hubo, fueron catastróficas. Por ejemplo, cuando el que se disfrazó fue mi hermano. Mientras estábamos todos en la cocina esperando que llegara el tipo de los regalos, él venía acerándose, riéndose con el clásico “Jo, Jo, Jo”, y mi sobrino miraba hacia el pasillo y decía “¡Papá, papá!”, reconociendo perfectamente la risa que antecedía a la imagen.
Mi caracterización papanoelística no es tradicional. Soy un Noel malo, que llega borracho, drogado, le ofrece vino a los chicos, le pega a las mujeres, insulta a los hombres y trae regalos de cuarta, o bien se confunde qué es para cada uno. Al final, cuando me retiro puteando o tambaleándome, los regalos de verdad ya están en el arbolito.
Elena tiene 12 años, y hace mucho (demasiado) que dejó de creer. La semana pasada le dije que me acompañara a la juguetería, para elegir su regalo, porque siempre pifio con ella o le compro algo que ya tiene. La muy yegua me miró en silencio, y con una brutal y aberrante lucidez me preguntó, y cito textual: “¿Y qué te hace suponer que yo quiero que me regalen un juguete?”.
Damián tiene 8. Hasta ahora siempre se comió el cuento, pero empieza a dudar. Duda, pero quiere creer. Y el otro día le dijo a la madre algo excepcional, una de esas cosas que me hacen envidiarlo y extrañar esa etapa de la vida. Le dijo que él ya sabía lo de Papá Noel, que ya entendía cómo venía la mano. Le dijo que mientras un Papá Noel malo nos distrae y nos regala pelotudeces, otro Papá Noel (el bueno) deja los regalos posta abajo del árbol de Navidad.
Aplausos.
Hoy, claramente, me adaptaré a esa versión de la Navidad, en la que yo no soy yo, sino que otro lo es mucho más. Un alter ego, un doppelgänger que mantiene viva una ilusión, un Papá Noel/Ying-Yang imperfecto, incompleto, que necesita de otra fantasía que lo complemente para poder existir. Para que se pueda creer en él.

Supuestamente es el escudo que tenía la familia Hochman durante el traspaso de la Edad Media a la Moderna, cuando del cantón alemán de Suiza pasamos a Alemania (antes de que nos corrieran a Polonia, a Rusia y a Sudacalandia).
No voy a cuestionar la legitimidad de la figura, y ni siquiera me propongo dudar de su procedencia.
No.
En realidad tengo una pregunta. Solamente una sola pregunta:
¿Por qué carajo hay un cisne en el escudo de mi familia?
Sábado a la tardecita. Tigre, orilla del río. Tomo mates y me río. Al lado, a pocos metros, una familia, llamémosla “normal”. El nene agarra un cascote, o no sé qué cosa (no importa demasiado). Entonces el padre pone cara de malo, se enoja. Y lo amenaza: “Si llegás a tirar eso, te mando a un colegio del Estado”.
Clap. Clap. Clap.
Mi nombre es Nicolás, y tengo un problema. No sé si es del orden ético, moral o religioso. Estoy sufriendo un voraz ataque de mal gusto. Por eso pido disculpas a mi familia, mis amigos, mi analista, los lectores del blog y a la sociedad en general.El otro día me prestaron una colección de rock nacional. 9 DVD’s que traen de todo. Muchas cosas ya las tenía, y otras no me interesaban en absoluto. Me bajé discos de La Portuaria, Palo Pandolfo, Todos Tus Muertos, Cielo Razzo, Botafogo, Pier, El Soldado, Malosetti, la Chilinga, Las Blacanclus, Las Manos de Filippi, Nonpalidece, Pez y alguna cosa más. Hasta ahí, todo normal. El tema es el siguiente: de pura curiosidad, me bajé la discografía completa de Ignacio Copani, que es una basura.
Pero, y acá es donde viene el pero: no puedo dejar de escuchar el disco “Puerto”, de 1994. Es tan malo como los demás, pero me encanta. De hecho, me conmueve. La música es horrible, las letras son kitsch, los coros son patéticos, pero me emociona. Y eso me preocupa. Sobre todo, cuando durante el día no puedo dejar de cantar “Nada de nada”, de un grupo llamado Farmacia, que hace la banda sonora del film “Los paranoicos”, y que es una mezcla de lo peor de Virus con lo más border de Miranda. Eso, y que me pongo muy feliz cuando en la radio suena el jingle de Bagohepat, que se me adhirió a los oídos y promete convertirse en el himno de mi verano.
Juro que trato de contrarrestar esta epidemia: leo Tolstoi, escribo artículos para un seminario de doctorado sobre identidades múltiples, veo Woody Allen viejo, juego al póker, edito cosas serias, tomo whisky y ron. Pero sigo cantando a Copani, Farmacia y Bagohepat.
Mi nombre es Nicolás, y tengo un problema. No me dejen solo.