30.11.11

Guía YPF subtitulada

Estoy leyendo la Guía YPF de la Patagonia, publicada el año pasado. Es literatura de alto vuelo, y no soy muy irónico cuando lo digo. Los textos y el relevamiento, a cargo de Diego Bigongiari, no tienen desperdicio. En síntesis, la guía es más de lo mismo: rutas, dónde comer, dónde dormir, qué hacer, algunas fotos, teléfonos útiles y demás. Pero me estoy divirtiendo mucho. Parece que Bigongiari tiene pocas pulgas, y todo el tiempo tiene la puteada a flor de labios. No lo dice, claro, porque el trabajo debe haber sido bien remunerado y las malas palabras no pueden aparecen en una publicación de YPF (editada, además, por Hugo Caligaris). Pero qué cerca está.
A continuación copio textuales algunas frases que aparecen en las primeras hojas, y al lado me permito subtitular lo que el autor podría estar pensando, o diciendo con mucha más sutileza, refinamiento y sofisticación:

DONDE DICE
DEBERÍA DECIR
La vista es particularmente sugestiva después de un chaparrón de verano.
Me cagué mojando con esta lluvia puta y no se ve un carajo.
Lagunas de modesto atractivo.
Unos charcos infames. A eso no lo puede llamar “laguna”, sureños caraduras.
Si no le teme al ripio.
La ruta está hecha bosta. No sean boludos y agarren por otra parte; yo pinché dos veces.
No hay más que parrilla de pueblo, surtidores de combustible y gomería.
Me pegué el embole de mi vida. Decí que por lo menos me lo pagan.
A la vera de la hipnótica recta.
Manejar en esta ruta es más aburrido que comer con los suegros. Además cabeceás como un hijo de puta. Mejor fumate un faso, que si no te vas a querer matar.
Si el presupuesto lo permite, cene en alguno de los dos mejores restaurantes de la ciudad.
Ricachón sorete. Yo terminé comiendo unos panchos espantosos en el bolichón que está en la otra cuadra. Ojalá te indigestes, puto.
Alguno de los lechos más mullidos, tranquilos y de mejor vista del planeta austral están en la Patagonia, a su precio.
Obviamente, yo dormí en un colchón que no tenía pulgas, solamente porque ya las habían matado el frío y la mugre de ese motel de cuarta donde paré.
Estancias, que en muchos casos son muy confortables y en otros algo rústicas.
O sea: unas cabañas pedorras que se caen a pedazos y te las cobran a precio euro si te ven la cara de gringo pelotudo.